Tiempo de futuros #1 - Hipersticiones
❤️ ¡Bienvenidos a esta sección de la newsletter Future Today! En ella compartiré reflexiones sobre los “futuros”, herramientas de prospectiva estratégica y conceptos de diseño de futuros, que se sumarán a las señales de cambio, informes, libros y películas que ya recomiendo semanalmente. Si aún no sois suscriptores… ¿A qué estáis esperando? 😊
📕 Si estáis interesados en seguir profundizando en los estudios de futuros, la prospectiva estratégica y el diseño de futuros, puedes adquirir mi libro “Tiempo de futuros” en cualquier librería, física u online, como Amazon o Penguin Libros.
#1 - Hipersticiones
En el 2018 me comencé a formar oficialmente en el ámbito del “Diseño de futuros” (Design Futures). Al igual que me pasó con el “Design Thinking” cuando lo descubrí, yo ya usaba algunos de sus enfoques, marcos y herramientas de manera desestructurada pero en la formación que cursé en el h2i institute de la mano del crack Jorge Camacho, experto en Diseño Estratégico y Prospectiva, conseguí darle un sentido a todo, consiguiendo (con el tiempo) crear un marco de trabajo sólido y una gran caja de herramientas.
Recuerdo que un año después, en el 2019, el bueno de Jorge volvió a España y dio una sesión maravillosa donde me introdujo al concepto de hipersticiones, algo que me conquistó y que he usado infinitas veces en formaciones y proyectos, al igual que en charlas y artículos como este en la revista TELOS.
¿Qué son las hipersticiones?
El concepto fue desarrollado por Nick Land y el Cybernetic Culture Research Unit en los años 90s, y hace referencia a una ficción que se instala en nuestro imaginario colectivo, cambiando nuestra forma de pensar y nuestras creencias. Lo que deriva en un cambio de acciones y comportamientos. Lo que finalmente deriva en un cambio en la realidad. Son, en definitiva, ficciones que cambian la realidad.
Piensa por un momento en el “metaverso”. Mucho antes de Zuckerberg, este término fue acuñado en “Snow Crash” (1992) por Neal Stephenson y popularizado décadas después por “Ready Player One” (2011) por Ernest Cline y luego por la película de Spielberg en 2018. Era pura imaginación especulativa. Pero ya había personas, innovadores, que estaban intentando trasladar esa especulación a algo real. Desde plataformas y proyectos como Second Life, un mundo virtual donde millones de usuarios creaban avatares, compraban terrenos virtuales y construían vidas paralelas; hasta dispositivos de realidad virtual de uso doméstico como Oculus Rift. Un concepto generado desde la ficción estaba cambiando el mundo porque se había instaurado en nuestro imaginario colectivo.
Hipersticiones distópicas
Pero las hipersticiones no son solo una fuerza positiva, inspirando desde la ilusión, sino que pueden movilizar desde el otro lado. Nuestro cerebro está cableado con un sesgo de negatividad que nos hace evolutivamente más sensibles al miedo que a la esperanza: un ancestro que veía peligros donde no los había simplemente perdía unos minutos de su día, pero el que los ignoraba no dejaba descendencia.
El resultado es que descendemos de los paranoicos, y eso convierte las hipersticiones del miedo en las más contagiosas y efectivas de todas. Piensa en películas como “2001: Odisea en el espacio” (1968), “Terminator” (1984) o “Ex Machina” (2014) o capítulos de Black Mirror (2011 - ), que han instalado en nuestra cabeza una imagen tan vívida de la inteligencia artificial que nos destruye o nos manipula, que nos cuesta imaginar otro tipo de relación con ella. Si creemos que nuestro futuro tecnológico el el del apocalipsis, nos arriesgamos a crear una profecía autocumplida: la gente actúa basándose en sus expectativas, y quien espera el colapso prioriza la supervivencia individual sobre la cooperación colectiva.
El poder de las imágenes de futuro
Todo esto nos lleva a una pregunta que el sociólogo holandés Fred Polak se hizo a mediados del siglo XX y que hoy resulta más urgente que nunca: ¿qué imágenes del futuro están habitando nuestra sociedad? Polak había vivido la ocupación nazi de los Países Bajos y observado de primera mano cómo las visiones colectivas del mañana podían movilizar o paralizar civilizaciones enteras. En su obra “La imagen del futuro” (1973) llegó a la siguiente conclusión: «el auge y la caída de las imágenes del futuro preceden o acompañan el auge y la caída de las culturas». La Atenas clásica floreció mientras sus ciudadanos imaginaban la excelencia como destino colectivo. El Renacimiento explotó cuando Petrarca y sus contemporáneos empezaron a creer que podían “renacer”. Y la Alemania de Weimar se volvió peligrosamente susceptible al fascismo justo cuando perdió la capacidad de imaginar futuros dignos de ser construidos. La pérdida de esperanza, demostró Polak, no es solo un estado de ánimo sino una condición política.
¿Has pensado alguna vez qué imágenes del futuro nos rodean a nosotros hoy? Y cómo te influyen? ¿O quién las genera? La respuesta más obvia apunta a la ciencia ficción: las series, las películas, las novelas. Pero quedarnos ahí sería ingenuo. Las imágenes de futuro que moldean nuestro imaginario colectivo las generan, sobre todo, actores con mucho más poder y mucho más interés en el resultado. Las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley llevan décadas construyendo una imagen de futuro muy concreta: el crecimiento infinito es posible, la tecnología resolverá todos los problemas y quien no se suba al tren quedará obsoleto. Es lo que el escritor Evgeny Morozov bautizó como “solucionismo tecnológico”: la fe casi religiosa en que existe una aplicación para cada problema humano. Figuras como Peter Diamandis predican la “abundancia” tecnológica con fervor mesiánico, mientras Elon Musk coloniza Marte en nuestra imaginación colectiva antes de haberlo hecho en la realidad. Esas también son hipersticiones, ficciones de futuro con suficiente tracción para mover miles de millones de dólares y dirigir generaciones enteras de talento.
Pero no son las únicas. Los movimientos ecologistas y del decrecimiento llevan años construyendo una imagen radicalmente diferente: la de un planeta con límites físicos reales, donde el progreso no puede medirse en PIB y donde vivir mejor puede significar consumir menos. Los transhumanistas y el movimiento de longevidad extrema que ven la muerte como un problema de ingeniería a resolver, el cuerpo humano como un sistema mejorable, y una vida de siglos como horizonte plausible. Y los gobiernos, por su parte, generan sus propias imágenes: algunos proyectan regresos a pasados gloriosos que nunca existieron exactamente como los recuerdan, mientras otros diseñan agendas de “neutralidad climática” o “soberanía digital” que trazan horizontes colectivos con consecuencias muy reales sobre nuestras vidas.
Hipersticiones “chingonas”
Lo que todas estas imágenes tienen en común es que no son neutrales. Cada una de ellas lleva incorporada una visión de quién gana y quién pierde, qué se prioriza y qué se descarta. Y el problema, como señaló Polak, no es que existan imágenes de futuro en conflicto, sino que la mayoría de nosotros las consumimos sin ser conscientes de que lo estamos haciendo. Las absorbemos como si fueran la descripción objetiva de lo que viene, cuando en realidad son propuestas, apuestas, en muchos casos intereses disfrazados de inevitabilidad. Como escribió el filósofo Mark Fisher, citando a Jameson o Žižek, hemos llegado a un punto en que nos resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del modelo económico actual. Eso no es una verdad sobre el futuro sino el síntoma de que alguien ha ganado la batalla de las imágenes.
Por eso debemos ser conscientes de las hipersticiones que consumimos y que capturan nuestra atención, y empezar a construir deliberadamente hipersticiones positivas que abran nuevas posibilidades. Lo que Jorge Camacho llamó “hipersticiones chingonas”. No utopías perfectas e inalcanzables, sino futuros incrementalmente mejores, lo suficientemente concretos para ser creíbles y lo suficientemente ilusionantes para movilizar.



