Tiempo de futuros #2 - Protopía
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#2 - Protopía
Esta semana, el 12 de mayo, presenté oficialmente mi libro “Tiempo de futuros” en Madrid y ni en mis mejores “escenarios de futuro” podría haber imaginado lo que pasó: 200 asistentes, conversaciones y reflexiones de primer nivel, firma de decenas de libros, cervezas frías después... Y una energía tan espectacular que no podría describirla.
No quería que fuera la “típica presentación de libro” e invité a tres mega-cracks como Jaime Rodríguez de Santiago, Javier Recuenco y Lourdes Rodríguez para tener conversaciones sobre los tres bloques del libro: “Breve historia del futuro”, “Futuros inciertos desde presentes complejos” y “Diseño de futuros mejores”. Pero antes impartí una mini-charla donde destaqué varios conceptos clave del libro y uno de ellos fue protopía.
Sabemos dónde no queremos ir, pero no sabemos adónde queremos ir
Vivimos rodeados de imágenes de futuro negativas. Series de distopías tecnológicas como Black Mirror, películas de colapso climático como Snowpiercer y autores como Philip K. Dick que imaginan un futuro donde no podremos distinguir lo real de lo artificial. Estas historias, además de entretenernos, funcionan como alertas tempranas, señales de peligro que nos dicen “por aquí no”. Son útiles y necesarias, pero, en la mayoría de los casos, no nos ofrecen soluciones reales.
El problema es que nos hemos quedado con el mapa de los lugares a los que no queremos llegar, pero sin espacios hacia donde sí queremos ir. Tenemos destinos prohibidos en abundancia. Destinos deseables, casi ninguno.
Y cuando alguien intenta ofrecer uno, caemos en la trampa de idealizarlo, de llevarlo a la perfección. Las utopías tienen un fallo de diseño: son demasiado perfectas. Desde Tomás Moro hasta las fantasías de abundancia tecnológica, prometen sociedades sin fricción, sin conflicto, sin imperfección. Y precisamente por eso han dejado de movilizarnos.
Hay una frase que mucha gente cita con devoción y se vincula a Eduardo Galeano aunque es realmente de Fernando Birri que dice: «La utopía está en el horizonte, caminas dos pasos y se aleja dos pasos, ¿para qué sirve? Para caminar». Me encanta, es muy poética, pero creo que no es del todo correcta. Un horizonte que siempre retrocede puede inspirar a una visión, pero no siempre implica la movilización. No te dice cómo dar el primer paso, ni el segundo, ni hacia dónde exactamente.
Margaret Atwood da en el clavo cuando habla de las ustopías: «Toda utopía contiene una distopía latente, y toda distopía guarda el anhelo de una utopía». Cada vez que vemos una visión idealizada, desconfiamos, esperando que algo salga mal o que haya un sacrificio oculto. Ya no nos creemos los paraísos.
Estamos atrapados entre dos polos que se niegan mutuamente y ninguno nos da lo que necesitamos: un norte creíble, alcanzable, que merezca la pena construir hoy. Ahí es donde entran las protopías.
Kevin Kelly y el nacimiento de la protopía
El término nació en 2010, en What Technology Wants, el libro del tecnólogo y cofundador de Wired, Kevin Kelly. Pero para entender de dónde viene la idea, hay que entender de dónde viene él.
Kelly pasó casi una década viajando por Asia antes de volver a Estados Unidos. En esos años alternó entre aldeas sin electricidad en el norte de Afganistán y ciudades como Hong Kong o Tokio que emergían literalmente ante sus ojos. Donde antes habían arrozales, dos años después había fábricas y gente con dinero. Esa experiencia en primera persona de lo que la tecnología podía cambiar en vidas concretas lo transformó. Había llegado a Asia creyendo en la filosofía hippie de “lo pequeño es hermoso”, desconfiando de los grandes sistemas y volvió con otra visión.
De ese recorrido surgió la protopía: no un futuro perfecto donde todos los problemas se han resuelto, ni la distopía del colapso inevitable, sino algo más honesto y por eso más poderoso. Kelly lo explica con una imagen sencilla: imagina que tienes una varita mágica y puedes hacer el mundo un 1% mejor. No notarías nada. Pero si tomas ese 1% y lo compones año tras año, con el tiempo sí lo notarías. «Estamos avanzando muy lentamente hacia la mejoría. La protopía es una dirección. No un destino».
Y esa distinción importa. Las utopías prometen un punto final perfecto. Las protopías proponen un vector: las cosas están hoy mejor que ayer, aunque solo un poco. El progreso es desigual, desordenado, genera nuevos problemas al resolver los anteriores. Pero el balance neto es positivo.
Las protopías son creíbles precisamente porque incluyen la textura de la realidad, su complejidad, sus contradicciones. Son futuros por los que vale la pena trabajar porque no prometen paraísos imposibles, sino mejoras alcanzables. Y algo fundamental: la gente puede verse a sí misma contribuyendo a construirlos.
La protopía como práctica
El concepto ha ido ganando tracción entre futuristas y diseñadores que sienten la misma frustración: necesitamos alternativas al catastrofismo que sean tan concretas y narrativamente honestas como las distopías, pero que apunten en otra dirección.
Monika Bielskyte lleva años desarrollando lo que llama Protopia Futures: un marco para imaginar futuros que sean simultáneamente deseables, diversos y plurales. Su crítica es que incluso los futuros optimistas suelen estar colonizados por una única visión del progreso, generalmente tecnológica, occidental y masculina. La protopía bien entendida no es solo un futuro mejor. Es un futuro mejor para todos, construido desde todas las voces.
Rob Hopkins, fundador del movimiento Transition Towns, lleva décadas demostrando que las protopías no son conceptos teóricos. En Totnes, una pequeña ciudad inglesa, comenzó en 2005 a construir futuros desde la base comunitaria: huertos compartidos, monedas locales, talleres para recuperar saberes prácticos. Sin esperar permisos de arriba. Sin esperar el futuro perfecto. Actuando en el presente para hacer el mañana un poco mejor. Hoy ese movimiento se ha expandido a más de cincuenta países.
En muchas ocasiones, las protopías surgen de una visión que se materializa en una llamada a la acción o una frase que tira de nosotros poderosamente hacia un futuro. El «Tengo un sueño» de Martin Luther King no describió la utopía perfecta de la igualdad absoluta. Describió un futuro concreto e imaginable: sus hijos juzgados por el contenido de su carácter, no por el color de su piel. Un futuro mejor, no perfecto. Suficientemente concreto para que millones de personas pudieran verse en él.
En las movilizaciones de Black Lives Matter en 2016, apareció un cartel que se volvió viral: «He estado en el futuro. Ganamos». Se trataba de una declaración de intención colectiva. Una afirmación de que el futuro deseado es posible, y que actuar hoy en consecuencia es lo que lo hace probable.
Nuestro gran reto: diseñar una ilusión compartida
Nuestro cerebro está evolutivamente cableado para el miedo. El sesgo de negatividad nos hace más sensibles a las amenazas que a las oportunidades, más contagiables por las distopías que por las esperanzas.
Pero hay un reto mayor en el planteamiento de protopías que los sesgos cognitivos. Siempre es mucho más fácil encontrar un enemigo común que un lugar común hacia donde ir. La indignación une. El miedo moviliza. El rechazo compartido construye identidades colectivas con una eficacia que ningún sueño positivo iguala fácilmente. Por eso es más sencillo ponerse de acuerdo en lo que no queremos que en lo que queremos.
Ahí está nuestro verdadero reto colectivo: diseñar una ilusión compartida. No una utopía impuesta desde arriba, perfecta e inamovible. Sino una protopía negociada, plural, lo suficientemente concreta para orientar acciones y lo suficientemente abierta para que quepan muchas visiones dentro de ella.
El optimismo no es ingenuidad. Es, en este momento histórico, el acto más valiente y más subversivo que existe. Porque el cinismo está de moda, criticar es fácil y rendirse es tentador. Mientras que imaginar en voz alta un futuro mejor y ponerse a construirlo es a la vez lo más difícil y lo más necesario que debemos hacer.
📌 Si no te has leído el artículo de Hipersticiones ya estás tardando. ¡Las protopías son una forma fantástica de crearlas!




Gracias David, me encanta el concepto de protopía y lo voy a utilizar a partir de ahora. Súper necesario.