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#5 - Paleofuturos
En el artículo anterior, el de la Matriz de Rumsfeld, hablamos de nuestros puntos ciegos, lo que no sabemos que no sabemos y las preguntas que ni siquiera nos hemos formulado. Hay múltiples formas de entrenar la mirada para lidiar con ellos y una es estudiar cómo generaciones, sociedades o incluso civilizaciones anteriores imaginaron el futuro, que resulta ser nuestro presente. A ese ejercicio se le llama paleofuturo.
¿Qué es el paleofuturo?
El paleofuturo (paleofuture o paleofuturism) es el estudio de las visiones, representaciones, predicciones y narrativas del futuro producidas en épocas anteriores. Dicho de otra forma: es una arqueología cultural que investiga cómo las sociedades del pasado imaginaron su porvenir, qué esperanzas y temores proyectaron sobre él y qué revelan esas imaginaciones sobre sus valores, sus tecnologías y sus ideologías.
Y no consiste simplemente en recuperar predicciones fallidas sino que nos permite analizar diversas dimensiones a la vez:
El futuro imaginado: ¿qué creían que iba a suceder?
El presente que lo imaginó: ¿qué circunstancias históricas, tecnologías, valores y temores explicaban esa visión?
El futuro realmente experimentado: ¿qué sucedió, qué no sucedió y por qué?
Lo fascinante es que convierte algo aparentemente imposible, como estudiar el futuro, en una investigación histórica, puediendo estudiar los sesgos de generaciones anteriores para identificar los que probablemente estamos reproduciendo hoy.
¿De dónde viene el paleofuturo?
El término lo popularizó el periodista tecnológico Matt Novak, que lleva años documentando de forma casi arqueológica cómo las generaciones pasadas imaginaron el mañana. Colonias lunares proyectadas para 1980. Ciudades submarinas prometidas para el 2000. Coches voladores, carteros con jetpack, comidas en forma de píldora. Y lo fascinante es que muchas de esas visiones no eran fantasías de aficionados, sino proyecciones serias de académicos respetados, ingenieros y planificadores urbanos gubernamentales.
Pero la historia no empieza ni acaba con el blog de Novak, y aunque no existe una única disciplina dedicada a estudiar las imágenes de futuro de generaciones pasadas, hay todo un ecosistema de investigaciones que, desde la historia, la antropología, la sociología o la arqueología de los medios, nos permiten reconstruir no solo los futuros que nunca llegaron, sino también las expectativas, creencias y visiones que contribuyeron a construir nuestro presente. A continuación he recopilado cinco que me parecen interesantes:
Historia de los futuros (Histories of the Future). Una línea de investigación que encaja casi exactamente con el paleofuturo y que plantea una pregunta aparentemente imposible: “¿cómo se escribe la historia de algo que, para quienes vivían entonces, aún no había pasado?”. Una de sus principales raíces teóricas está en Reinhart Koselleck y sus conceptos de espacio de experiencia y horizonte de expectativa. Uno de sus grandes referentes es Lucian Hölscher, que propone incorporar al relato histórico no solo lo que sucedió, sino también los futuros que aquellas personas imaginaban, esperaban o temían, incluso cuando nunca llegaron a materializarse.
Historia de las temporalidades (History of Temporalities). Ésta sostiene que nuestra manera de experimentar y organizar el tiempo no es universal ni inmutable. El historiador François Hartog, con su concepto de regímenes de historicidad, investiga cómo distintas sociedades han articulado su relación con el pasado, el presente y el futuro. En algunas épocas predominó la búsqueda de ejemplos en el pasado; en otras, la confianza en el progreso futuro. Hartog plantea además que buena parte de nuestras sociedades contemporáneas vive bajo un régimen de presentismo, donde el presente adquiere tal protagonismo que dificulta imaginar horizontes lejanos.
Antropología de la futuridad (Anthropology of Futurity). Examina cómo distintas culturas producen expectativas, interpretan la incertidumbre y organizan sus decisiones sobre el mañana, cuestionando que todos entendamos el futuro como algo lineal, abierto y planificable. En diferentes comunidades, las relaciones con los ancestros, los ciclos rituales o las obligaciones intergeneracionales pueden configurar maneras de relacionarse con el porvenir muy distintas de las concepciones modernas occidentales. Referentes como Nancy Munn contribuyeron a abrir este campo, mientras que David Valentine y Amelia Hassoun, en Uncommon Futures (2019), defienden prestar más atención a perspectivas indígenas y decoloniales.
Arqueología de los medios (Media Archaeology). Autores como Siegfried Zielinski, Erkki Huhtamo o Jussi Parikka investigan tecnologías olvidadas, medios desaparecidos, prácticas culturales y alternativas tecnológicas descartadas, cuestionando la idea de que el progreso tecnológico fue una línea recta inevitable hacia el presente. Una de las preguntas que intentan contestar es: “¿qué futuros tecnológicos enterrados siguen escondiendo posibilidades?”
Sociología de las expectativas e imaginarios sociotécnicos (Sociology of Expectations & Sociotechnical Imaginaries). Dos enfoques relacionados que estudian cómo las promesas y visiones del futuro contribuyen a transformar el presente. Investigadores como Mads Borup, Nik Brown, Kornelia Konrad y Harro van Lente analizan cómo una expectativa tecnológica, aunque jamás se cumpla, puede atraer financiación, movilizar talento e inspirar políticas. Por su parte, Sheila Jasanoff y Sang-Hyun Kim, en Dreamscapes of Modernity (2015), exploran cómo diferentes sociedades construyen imaginarios colectivos sobre el progreso científico y tecnológico, y por qué países con capacidades tecnológicas semejantes pueden aspirar a futuros muy distintos.
Y siguiendo esta misma línea, quiero destacar una una charla TED del ilustrador y humorista Bruce McCall, impartida en 2009, Nostalgia for a future that never happened (nostalgia por un futuro que nunca ocurrió).
McCall dedicó su carrera a pintar con minucioso realismo futuros absurdos que el pasado había soñado, y para nombrar lo que hacía, tuvo que inventarse su propio léxico. Varios de esos términos capturan con precisión (y mucho humor) las ideas que venimos manejando:
Retrofuturismo: término que no es suyo sino que está vinculado con la corriente artística y cultural que representa cómo las generaciones del pasado imaginaban el futuro.
Tecno-arqueología (techno-archaeology): desenterrar los “milagros” tecnológicos del pasado que nunca llegaron a ocurrir, normalmente por buenas razones (según él). Su ejemplo favorito es el zepelín.
Falsa nostalgia (faux-nostalgia): la añoranza dolorosamente sentimental de tiempos que nunca existieron, algo que conecta con con conceptos como hauntología de Derrida o retrotopía de Bauman.
Exceso hiperbólico (hyperbolic overkill): llevar la exageración hasta su límite más absoluto, solo por el placer de hacerlo. Un recurso que usó mucho en sus ilustraciones.
Cómo se leen los futuros del pasado
Estudiar un paleofuturo no consiste en detectar aciertos y errores, y en reírnos de que no haya coches voladores (aunque ya tenemos el Tesla Roadster volador 😅). Eso es lo fácil y lo menos interesante. Leer bien una imagen del futuro es tratarla como un documento de su época, igual que un historiador trata una carta o un cuadro.
Una de las mejores herramientas para hacerlo creo que nos la dejó el historiador de Stanford Joseph J. Corn, que en 1984 firmó junto a Brian Horrigan Yesterday’s Tomorrows, catálogo de una exposición itinerante del Smithsonian que reunía más de 300 objetos y representaciones para recorrer un siglo de futuros imaginados por los estadounidenses. Tras analizar aquellas visiones, los autores llegaron a una conclusión demoledora: en los futuros que imaginamos, la tecnología cambia, pero la sociedad y la política casi nunca. Soñamos con robots y ciudades nuevas, pero habitadas por personas que mantienen prácticamente nuestros mismos roles, valores y jerarquías.
Corn fue un paso más allá y, en sus trabajos sobre la historia de la tecnología, recogidos también en Imagining Tomorrow (1986), identificó tres falacias que repetimos una y otra vez cuando tratamos de anticipar el futuro:
La falacia de la revolución total (fallacy of total revolution): creer que cada nueva tecnología sustituirá completamente a la anterior, cuando la historia demuestra que las innovaciones suelen convivir durante décadas con aquello que supuestamente venían a reemplazar.
La falacia de la continuidad social (fallacy of social continuity): imaginar que cambiaremos una tecnología por otra sin que eso transforme nada más. Como si pudiéramos introducir robots, inteligencia artificial o coches voladores y mantener intactas nuestras costumbres, instituciones, relaciones de poder y formas de organizarnos.
La falacia de la solución tecnológica (fallacy of the technological fix): confiar en que el siguiente gran invento resolverá nuestros problemas sin generar otros nuevos, ignorando las consecuencias inesperadas y los conflictos sociales, políticos o culturales que ninguna tecnología puede solucionar por sí sola.
Lo fascinante es que las tres falacias parecen contradecirse, pero en realidad pueden convivir perfectamente: creemos que una tecnología lo cambiará absolutamente todo, mientras imaginamos que casi nada cambiará en la sociedad que la utiliza. Y, por si fuera poco, damos por hecho que ese cambio será para mejor.
Vamos a analizar tres ejemplos de imágenes de futuros famosas y ver cómo conectan con las tres falacias anteriores:
Las tarjetas del año 2000. En 1899, un grupo de ilustradores franceses dirigidos por Jean-Marc Côté recibió el encargo de dibujar cómo sería la vida en el año 2000. Las imágenes, conocidas como En l’An 2000, se concibieron como cromos para cajas de puros con motivo de la Exposición Universal de París de 1900. La empresa quebró, las tarjetas quedaron olvidadas en un sótano durante décadas y solo salieron a la luz cuando llegaron a manos de Asimov, quién las incluyó en Futuredays (1986). ¿Qué vio él al estudiarlas? Que acertaban de pleno donde ya existía una tendencia industrial clara (maquinaria agrícola, artillería motorizada) y que deliraban justo donde intentaban imaginar una vida cotidiana distinta: buzos pescando gaviotas, autobuses tirados por ballenas, croquet en el fondo del mar. Pero lo más revelador es lo que no cambia en esas tarjetas: la gente viste exactamente igual que en 1899 y no aparece el viaje espacial por ningún lado, pese a que Julio Verne llevaba décadas escribiéndolo. Imaginaron máquinas nuevas para una sociedad idéntica a la suya.
La Feria Mundial de Nueva York (1939). Y concretamente Futurama, el pabellón que el diseñador Norman Bel Geddes ideó para General Motors. Más de veintiséis millones de visitantes recorrieron en “sillas móviles” una maqueta gigantesca de “la América de 1960”: autopistas de catorce carriles, rascacielos con helipuertos y coches que circulaban solos, guiados por campos magnéticos. Al salir, cada visitante recibía una chapa que decía «I have seen the future» (he visto el futuro), y muchos salían convencidos de ello. Aquí la lección no es estética, sino de poder: Futurama era, literalmente, el anuncio de una fabricante de automóviles proponiendo un país diseñado alrededor del coche. Un recordatorio del poder que tienen las imágenes de futuro para conquistar las mentes e influir en el presente.
Closer than We Think (1958-1963). El ilustrador Arthur Radebaugh, que se definía como imagineer, una mezcla de imaginación e ingeniería, y publicó durante la Guerra Fría una tira dominical que llegaba a diecinueve millones de lectores, con carteros propulsados por jetpack, cocinas automáticas y autos voladores. Funcionaba como terapia colectiva de optimismo: si el mañana iba a ser tan brillante, la ansiedad atómica del presente se volvía más llevadera. Es el patrón que atraviesa casi todos los paleofuturos: coger lo que crece rápido en el presente y prolongarlo en línea recta hasta el infinito.
Si juntamos las tres piezas, aparece la gran enseñanza del campo: un paleofuturo es un espejo, no una ventana. Nos dice muchísimo más sobre los miedos, los deseos y los puntos ciegos de la época que lo imaginó que sobre el futuro que pretendía describir.
Y nosotros, ¿qué futuro estamos dibujando?
Si los paleofuturos son espejos de su época, conviene asumir que nosotros estamos fabricando ahora mismo el paleofuturo del año 2075. Nuestras visiones actuales, dominadas por la inteligencia artificial y la robótica humanoide, la longevidad radical o la colonización de Marte, les parecerán a nuestros nietos tan reveladoras de las obsesiones de 2026 como nos parece a nosotros ingenuo el cartero con jetpack. Alguien escribirá, dentro de cincuenta años, el paleofuturo de nuestro presente. Y no tratará sobre el futuro: tratará sobre nosotros.
Esta es una invitación a imaginar el futuro con más humildad y más conciencia. Los paleofuturos son el catálogo histórico de nuestros puntos ciegos y obsesiones colectivas, nuestro miedos e ilusiones, nuestro sueños y pesadillas. Así que la próxima vez que te topes con una vieja postal de «la ciudad del año 2000», no te rías demasiado rápido. Mírala como un espejo. Y luego hazte las preguntas de verdad: ¿qué estoy dando hoy por seguro sobre el mañana? ¿Qué cambiará de verdad y qué estoy asumiendo que seguirá exactamente igual? ¿Y qué futuro deseable estoy dejando de imaginar por miedo a equivocarme?
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